EN MI CLASE: ATENCIÓN PLENA, MINDFULNESS O EL VIEJO DICHO: "ESTATE A LO QUE ESTÁS"






Cuando explico mi experiencia tras el curso MBSR de reducción de estrés basado en Mindfulness diciendo que no es más que aprender, o volver a interiorizar el viejo dicho de "estate a lo que estás", la gente se ríe mucho. Esta frase castiza y popular se la decía su padre a un buen amigo mío. Y, realmente, no es más que eso. Mindfulness, meditación, atención plena, consciencia del presente...esa frase engloba muy bien parte de esa filosofía. Queda incompleta, pues no incluye la aceptación, puntal fundamental de esta práctica. Quizá en este punto yo discrepe un poco o todavía me cuesta y me quede en mi propia experiencia personal, en lo que a cada uno le sienta bien, en mi caso: relajar el cuerpo y la mente, conectar con el propio cuerpo concentrándome y poniendo la atención en la respiración o el tono o el estiramiento, procurar volver al presente si me enzarzo en algún pensamiento que no me beneficia o me pone nerviosa. Básicamente eso que, sin duda, ha cambiado mi forma de estar.



                             

                           


Sin profundizar en enseñanzas trascendentales, durante este curso he practicado en clase, ligeramente pero con mucha constancia, la observación del cuerpo. Hemos hecho los que llamo "ejercicios de espera", hemos aprendido algunas posiciones de yoga y hemos respirado cada día al final de la jornada.


Los ejercicios de espera consisten básicamente en aburrirse un rato. Parar y observar. Éstos los hago hace año y funcionan increíblemente: mirar como caen las hojas de otoño y contarlas, observar como unas hormigas se comen los restos de una manzana, ver convertirse la escarcha en agua o el hielo, no hacer nada unos minutos, observar flotando una hoja en un charco. Todas estas experiencias funcionan muy bien y los niños las aceptan comprendiendo muchos de ellos el objetivo: estar ahí, mirando, quietos, compartiendo un rato tranquilo.

Elegí el momento de salida por ser el más ajetreado para los niños y para mí misma: durante los últimos minutos las prisas son pocas en estas edades, estamos cansados y se crea un clima acelerado que me proponía desmontar. Asombrosamente, siendo muy constantes, los niños rápido se acostumbraron a ese parón que, a los pocos días pedían: ¿cuando hacemos la tranquilidad?


En "hacer la tranquilidad" , por partir de su propia idea y expresión, se quedó esta experiencia que nos ha acompañado todo el curso.

Ha sido un descubrimiento interesantísimo. Los niños desde el principio se portaron bien, estaban muy motivados a la práctica, serios y con ganas de escuchar. Pronto localizaron las primeras posturas que imitaron perfectamente, con algo más de dificultad aprendieron a respirar hasta llegar a un estado relajado. Cada uno a su manera, al ser tan únicos, expresó su forma de hacer la relajación: uno movía los brazos en círculos concéntricos, otra hacia arriba y abajo, otro no movía nada, alguno giraba las muñecas. Todos cerraban los ojos serenamente. La acogida del momento de tranquilidad fue tan buena que, tras hacer las posturas de cada día y las respiraciones poniendo la atención en ciertas partes del cuerpo, los niños empezaron a inventar sus propias posiciones: la cuerda, el perro, la luna, el trineo... asociaron el código aprendido e hicieron el suyo propio, resultado que no me esperaba y me parece la prueba irrefutable de que la experiencia ha funcionado porque ha gustado y ha tenido sentido para el grupo. 
Hacer la tranquilidad no sólo ha servido para "parar" al grupo cada tarde y retomar más sereno cada alumno el regreso a casa, también me ha parado a mí, para conocer más a los niños, compartir una experiencia tranquila y muy feliz.

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